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El Jornal

Salió el sol y era una hermosa mañana de julio al final de la canícula que, con su veranillo, llena de alegría los campos de la llanura donde corre una suave brisa alimentada por el pequeño bochorno mañanero que hace elevar la niebla de media altura hacia las nubes y luego desaparece como la espuma. Son exactamente las cinco de la mañana cuando Filiberto se levanta sin que lo despierte el canto de los gallos, pues su mente está acostumbrada y hace lo que siempre hace primero en las mañanas de ir al baño y acto seguido de lavarse las manos. Luego, prepara afanosamente su café chorreado y se hace acompañar de un buen pedazo de pan casero al que le agrega un jugoso trozo de queso saladino del mismo que se hace en la finca y, que con mucho cariño su amada esposa, le dejó guardado antes de su partida hace más de una semana para visitar a unos familiares lejanos allá por el lado de Guápiles. El humeante olor del café inunda por completo la casa.

Filiberto, fiel a su estilo, puntual y meditabundo, se viste y como siempre, empieza a organizar las herramientas que va a llevar esta vez al campo pues urge la limpieza de terrenos para la pronta siembra de maíz cuando regresen las lluvias, nunca olvida su sombrero de lona, en su bolsillo el viejo reloj y un escapulario del Sagrado Corazón de Jesús que conserva desde hace muchos años y que pertenecía a su padre. Como no tiene a alguien particular en casa con quien conversar, excepto a su amado perro "Boby", ha dejado de lado los implementos de salubridad que la maldita pandemia de estos días azota el país y al mundo entero. Sin más atraso se dispone a salir de la cabaña rumbo al campo arado, le acompaña Boby como siempre, un inseparable animal que nunca le deja solo y siempre está presto y atento a los detalles y a la presencia de su amo, ahí donde le espera los oficios del día, una jornada de al menos diez horas a la vista, pues como él dice, no tiene a nadie con quien compartir y hablar pues le da igual regresar temprano o tarde a casa. Ya en el campo se dispone a quitar un poco de maleza de los surcos que quedó luego del arado con un viejo chapulín donde iniciará la pronta siembra de maíz de lo que será la próxima cosecha. Las horas avanzan y el sol calienta la llanura, con profunda dedicación y presteza don Filiberto hace su trabajo de manera copiosa y no se detiene, excepto de vez en cuando para ayudarse con su sombrero de lona y así espantar algunos moscos que llegan hasta su rostro como queriendo comerle a base de molestos zumbidos. A eso de las nueve de la mañana toma un breve descanso bajo la sombra de un guayacán, ubicado junto a un lado del terreno donde hay una enorme cerca de púas que se extiende a través de las hileras continuas de madero negro para tomarse un café que trae en su termo color rojo a cuadros y además saca de su alforja, la cual siempre cuelga de uno de los arboles de la cerca bajo la sombra del guayacán, una pequeña taza envuelta en un pañuelo de manta cruda con borden canalados bordado por su amada esposa, donde trae unos pedazos de arepa casera que había hecho el día anterior por la noche con mucho esmero y que comparte un trozo con Boby. Unos cuantos minutos y de pie ya habiendo tomado un pequeño receso continúa con su labor. Filiberto no parece detenerse y más bien se asemeja a esos motores de las viejas caleras que no paran de dar a abasto la molienda como sin importar el tiempo.

Ya en la tarde a eso de la una y  minutos, toma un breve descanso nuevamente bajo la exquisita sombra del guayacán para tomar su almuerzo que trae en una taza que le llaman portavianda y una botella de vidrio donde trae leche así como también saca unas suaves y deliciosas tortillas de maíz puro que, aunque ya frías se conservan muy bien en hojas de platanillo. Luego de su almuerzo, ya en pie, libera un escandaloso eructo que espantó un par de piapias que se encontraban en la rama baja del guayacán seguramente esperando que Filiberto dejara algunas sobras de su almuerzo y hacr su festín, lo cual no ocurrió esta vez, pues fue tal el ruido que salió de la boca de Filiberto que se marcharon haciendo largo sonido con su trinar a lo lejos de la cerca donde al rato desapareció. Para Filiberto, el eructo no era más que un símbolo de la complacencia de satisfacción; de llenura, de ese exquisito almuerzo que tanto le alimentaba y le hacía reponer sus fuerzas para la última etapa de la jornada del día que se disponía a continuar luego de algunos minutos de breve siesta.

Se llegó la tarde y a eso de las cuatro cuando el sol se dispone a alinearse con el zenit que se vendrá, ya cansado y extenuado con la jornada finalizada al menos por hoy, Filiberto pone fin al trabajo del día, limpia sus herramientas y llama a Silvestre para regresar a casa. Una vez que llega, ingresa a una vieja galera contiguo a la casa y guarda las herramientas. Luego, toma un refrescante baño para luego ver un poco las noticias en la televisión y escuchar también un poco de música de la "viejita" en una emisora de la radio, un viejo radio de perilla con una antena un poco chocha, pero se escucha bien; aparato que conserva desde hace muchos años y que tiene a un lado de la ventana de su cuarto. 

La noche ha llegado y luego de la cena, ya satisfecho y con la venida de una lluvia aunque no muy fuerte, Filiberto va a su cama y por su cabeza desfilan todos los detalles de la jornada del día. Sin embargo, a pesar de su soledad, sabe como calmarla, pero sin duda alguna extraña a su mujer y cuenta las horas de su regreso. 

_ ¿Amada mía cuánta falta me hace? Que Dios me la acompañe y regrese más pronto de lo que me dijo... 

Se quedó dormido.




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